sábado, 20 de marzo de 2010
QUITAR LOS CRUCIFIJOS…. ¿Y LOS CRUCIFICADOS?
Los medios de comunicación han difundido la noticia de que hay quien quiere quitar los crucifijos de las aulas de los centros escolares, al menos de los públicos y los concertados. Asunto que quieren llevar al Parlamento. Se apoyan en que vivimos en un estado aconfesional, y que este símbolo religioso puede herir la sensibilidad de quienes pertenecen a otra religión distinta a la cristiana, o no están adscritos a religión alguna.
Mi intención no es entrar en una polémica por considerarla improcedente y que estaría más o menos justificada defendiendo unos derechos fundamentados en una tradición y cultura seculares, en el respeto al derecho de libertad religiosa que a todos nos compete, y en el hecho de que es una gran mayoría a quienes no les estorban los crucifijos. Más aún, quieren tenerlos a la vista porque descubren en ellos un amor y entrega incondicionales e indiscriminadas para todos los hombres.
De ingenua y poco original es lo menos que se puede calificar esta campaña. No es la primera vez que se pretende eliminar la realidad y la persona de Cristo. Ya el anciano Simeón anunció, a los pocos días de nacer Jesús en Belén, que “sería una bandera discutida” (Lucas 2, 35). Siendo aún niño pequeño Jesús tuvo que huir a Egipto porque el rey Herodes quería matarlo. Todos conocemos el final de la vida de Jesús. Muere ajusticiado en una cruz, a pesar de ser declarado inocente por el gobernador romano Poncio Pilatos. Desde entonces la cruz, patíbulo infame e ignominioso, tormento desgarrador, ha adquirido un valor y relevancia convirtiéndolo en símbolo inequívoco de amor y entrega generosa para toda la humanidad. No entiendo por qué se quiere eliminar un símbolo que habla tan fuertemente de una realidad y un valor que tanto bien hace a la humanidad.
Hay problemas muchos más lacerantes y urgentes que tratar y buscarle una solución para que no sean tantos los que están sufriendo situaciones tan angustiosas: crisis económica, paro, corrupción, violencia de género, inmigración… Problemas que deterioran el bienestar y la seguridad de millones de ciudadanos. ¿A quién le estorba el crucifijo? ¿Qué nos reclaman los crucificados?
No se puede acallar una voz crítica desde la verdad y el bien, desde los valores humanos y la dignidad de la persona. Este afán de acallar esa voz me trae a la memoria la escena de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén aclamado por la gente sencilla con gritos de júbilo. Voces que los fariseos quisieron acallar, a lo que Jesús responde: “Os digo que si estos se callan gritarán las piedras”. (Lucas 19, 40). Es necesaria una voz que, con sinceridad y valentía, desenmascare los errores y las injusticias. Voz, que aunque sea discordante, es necesario escuchar para no deshumanizarse. Pueblo que no tiene en cada momento quien se atreva a denunciar sus errores, es un pueblo que corre el riesgo de ir perdiendo su conciencia. ¿A qué viene tanto interés por esconder los crucifijos?
Para los que nos oponemos a esta medida, tan fuera de tono, hay también una reflexión qué hacer. ¿No habremos desvirtuado el significado de la cruz? ¿Nos dejamos interpelar por ella?
Llega, un año más, la Semana Santa. Por nuestras calles y plazas procesionaremos al Crucificado en artísticos y lujosos pasos, muchas veces reclamo para el turismo. ¿Llegará un día en que también se pida la prohibición de esta manifestación de religiosidad popular porque hiere sensibilidades? ¿Serán tan valientes y consecuentes que se atrevan a ello? Me temo que no. Cristo muere en la cruz porque denuncia toda injusticia y quiere eliminar toda situación que esclaviza y degrada al ser humano.
Son muchos los crucificados que viven junto a nosotros, que deambulan por nuestras calles, no solo unos días al año, sino todos los días del año. Crucificados víctimas de la marginación, del egoísmo, de la opresión y situaciones de explotación. ¿Qué hacemos o estamos dispuestos a hacer para que desaparezca tanto dolor y vejación que degradan a nuestros semejantes?
Que no se quiten los crucifijos de nuestras escuelas, pero tampoco quitemos de nuestro corazón los crucificados que conviven con nosotros. Su sufrimiento y angustia tiene que ser un clamor que nos mueva a trabajar con generosidad, constancia y solidaridad para que no haya tantos crucificados en nuestra sociedad porque, desde niños, también en nuestras escuelas, podamos contemplar al Crucificado que nos interpela desde su amor y entrega: “¿Dónde está tu hermano?” (Génesis 4, 9).
Fácil es quitar los crucifijos de las paredes de las aulas. Basta con una simple ley votada en el Parlamento. No es tan fácil hacer que no haya crucificados en nuestro mundo. Aquí las leyes parece que poco pueden conseguir. Se han votado ya muchas, y da la sensación que el mal va en aumento. La solución hay que buscarla principalmente en unos corazones menos ambiciosos y más generosos; en unas actitudes menos discriminatorias y más solidarias; en un mayor respeto a las creencias de cada uno y menos querer imponer la ocurrencia de turno; en unos comportamientos más comprometidos y menos partidistas. En definitiva unos hombres y mujeres con un corazón más limpio y más bueno. De ahí no saldrán ciertamente leyes, pero si un compromiso serio para que no haya crucificados. ¿No nos ayudará a ello mirar al Crucifijo? No lo escondamos, que puede hacernos mucho bien contemplar, con sencillez, una denuncia tan clamorosa de tantas injusticias, y un amor capaz de cambiar nuestro corazón.
Joaquin Obando Carvajal
Los medios de comunicación han difundido la noticia de que hay quien quiere quitar los crucifijos de las aulas de los centros escolares, al menos de los públicos y los concertados. Asunto que quieren llevar al Parlamento. Se apoyan en que vivimos en un estado aconfesional, y que este símbolo religioso puede herir la sensibilidad de quienes pertenecen a otra religión distinta a la cristiana, o no están adscritos a religión alguna.
Mi intención no es entrar en una polémica por considerarla improcedente y que estaría más o menos justificada defendiendo unos derechos fundamentados en una tradición y cultura seculares, en el respeto al derecho de libertad religiosa que a todos nos compete, y en el hecho de que es una gran mayoría a quienes no les estorban los crucifijos. Más aún, quieren tenerlos a la vista porque descubren en ellos un amor y entrega incondicionales e indiscriminadas para todos los hombres.
De ingenua y poco original es lo menos que se puede calificar esta campaña. No es la primera vez que se pretende eliminar la realidad y la persona de Cristo. Ya el anciano Simeón anunció, a los pocos días de nacer Jesús en Belén, que “sería una bandera discutida” (Lucas 2, 35). Siendo aún niño pequeño Jesús tuvo que huir a Egipto porque el rey Herodes quería matarlo. Todos conocemos el final de la vida de Jesús. Muere ajusticiado en una cruz, a pesar de ser declarado inocente por el gobernador romano Poncio Pilatos. Desde entonces la cruz, patíbulo infame e ignominioso, tormento desgarrador, ha adquirido un valor y relevancia convirtiéndolo en símbolo inequívoco de amor y entrega generosa para toda la humanidad. No entiendo por qué se quiere eliminar un símbolo que habla tan fuertemente de una realidad y un valor que tanto bien hace a la humanidad.
Hay problemas muchos más lacerantes y urgentes que tratar y buscarle una solución para que no sean tantos los que están sufriendo situaciones tan angustiosas: crisis económica, paro, corrupción, violencia de género, inmigración… Problemas que deterioran el bienestar y la seguridad de millones de ciudadanos. ¿A quién le estorba el crucifijo? ¿Qué nos reclaman los crucificados?
No se puede acallar una voz crítica desde la verdad y el bien, desde los valores humanos y la dignidad de la persona. Este afán de acallar esa voz me trae a la memoria la escena de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén aclamado por la gente sencilla con gritos de júbilo. Voces que los fariseos quisieron acallar, a lo que Jesús responde: “Os digo que si estos se callan gritarán las piedras”. (Lucas 19, 40). Es necesaria una voz que, con sinceridad y valentía, desenmascare los errores y las injusticias. Voz, que aunque sea discordante, es necesario escuchar para no deshumanizarse. Pueblo que no tiene en cada momento quien se atreva a denunciar sus errores, es un pueblo que corre el riesgo de ir perdiendo su conciencia. ¿A qué viene tanto interés por esconder los crucifijos?
Para los que nos oponemos a esta medida, tan fuera de tono, hay también una reflexión qué hacer. ¿No habremos desvirtuado el significado de la cruz? ¿Nos dejamos interpelar por ella?
Llega, un año más, la Semana Santa. Por nuestras calles y plazas procesionaremos al Crucificado en artísticos y lujosos pasos, muchas veces reclamo para el turismo. ¿Llegará un día en que también se pida la prohibición de esta manifestación de religiosidad popular porque hiere sensibilidades? ¿Serán tan valientes y consecuentes que se atrevan a ello? Me temo que no. Cristo muere en la cruz porque denuncia toda injusticia y quiere eliminar toda situación que esclaviza y degrada al ser humano.
Son muchos los crucificados que viven junto a nosotros, que deambulan por nuestras calles, no solo unos días al año, sino todos los días del año. Crucificados víctimas de la marginación, del egoísmo, de la opresión y situaciones de explotación. ¿Qué hacemos o estamos dispuestos a hacer para que desaparezca tanto dolor y vejación que degradan a nuestros semejantes?
Que no se quiten los crucifijos de nuestras escuelas, pero tampoco quitemos de nuestro corazón los crucificados que conviven con nosotros. Su sufrimiento y angustia tiene que ser un clamor que nos mueva a trabajar con generosidad, constancia y solidaridad para que no haya tantos crucificados en nuestra sociedad porque, desde niños, también en nuestras escuelas, podamos contemplar al Crucificado que nos interpela desde su amor y entrega: “¿Dónde está tu hermano?” (Génesis 4, 9).
Fácil es quitar los crucifijos de las paredes de las aulas. Basta con una simple ley votada en el Parlamento. No es tan fácil hacer que no haya crucificados en nuestro mundo. Aquí las leyes parece que poco pueden conseguir. Se han votado ya muchas, y da la sensación que el mal va en aumento. La solución hay que buscarla principalmente en unos corazones menos ambiciosos y más generosos; en unas actitudes menos discriminatorias y más solidarias; en un mayor respeto a las creencias de cada uno y menos querer imponer la ocurrencia de turno; en unos comportamientos más comprometidos y menos partidistas. En definitiva unos hombres y mujeres con un corazón más limpio y más bueno. De ahí no saldrán ciertamente leyes, pero si un compromiso serio para que no haya crucificados. ¿No nos ayudará a ello mirar al Crucifijo? No lo escondamos, que puede hacernos mucho bien contemplar, con sencillez, una denuncia tan clamorosa de tantas injusticias, y un amor capaz de cambiar nuestro corazón.
Joaquin Obando Carvajal
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