sábado, 20 de marzo de 2010
LA ALEGRÍA DE LA LIBERACIÓN VERDADERA
En el Catecismo de la Iglesia Católica se nos enseña que Dios nos pide, como mínimo, confesar una vez al año, a ser posible por “Pascua de Resurrección”. Aunque últimamente se nos recuerda poco esta norma de práctica cristiana, sigue estando vigente y, lo más importante, sigue siendo necesaria. Pero para confesarse es necesario estar dispuesto a humillarse, a reconocer nuestros errores, torpezas y miserias. Y aquí está su dificultad, porque para ello es necesario vencer previamente el orgullo y el amor propio, que son los mayores obstáculos que encontramos cuando nuestra conciencia nos empuja a reconocer nuestras culpas. Por eso la confesión se convierte en un acto de valentía y decisión que obtiene su recompensa en la sensación de bienestar y alegría con que uno sale de la misma. No en vano se le llama el sacramento de la alegría, en el cual, como premio a esa actitud de humildad y reconocimiento de nuestras faltas ante Dios, la misericordia divina se derrama sobre el penitente abundantemente.
Rico en misericordia
En el libro sobre La Divina Misericordia, de Santa Faustina Kowalska, el Señor le indica: “Escribe de mi Misericordia. Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. Para obtener este milagro no hay que hacer una peregrinación lejana ni celebrar algunos ritos exteriores, sino que basta acercarse con fe a los pies de Mi representante y confesarle con fe su miseria, y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud…”
Y en otro pasaje del mismo libro, la Santa recoge el siguiente diálogo con Jesús: “Señor, temo que no me perdones un número tan grande de pecados; mi miseria me llena de temor”. Jesús le contesta: “Mi misericordia es más grande que tu miseria y la del mundo entero ¿Quién ha medido Mi bondad? Por ti bajé del cielo a la tierra, por ti dejé clavarme en la cruz, por ti permití que Mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, y abrí la Fuente de la Misericordia para ti. Ven y toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás rechazaré un corazón arrepentido, tu miseria se ha hundido en el abismo de Mi misericordia”.
Como el hijo pródigo
No cabe duda de que nuestro Dios es un Padre que, como cualquier padre, disfruta perdonando a sus hijos que acuden a Él pidiendo disculpas. Le gusta hacer las paces. Espera pacientemente nuestro regreso a casa para abrazarnos, como ocurre en el relato de la parábola del hijo pródigo: “el padre esperaba día tras día la vuelta del hijo. Cuando lo vio venir corrió a su encuentro y abrazándolo lo levantó del suelo y lo introdujo en casa, le puso los mejores vestidos y organizó una gran fiesta para celebrar su vuelta. Ni un reproche, ni una regañina por la falta cometida”.
Y es que Dios desea vivamente que le contemos y le entreguemos todas nuestras cosas, también nuestras miserias, para destruirlas, arrojarlas al fondo del mar y olvidarse de ellas. Él las olvida antes que nosotros.
A Jesús le agrada perdonarnos los pecados, porque con ello nos cura y nos devuelve la vida de la gracia, es decir, la vida eterna. Por eso siente compasión del pecador, sabe que el pecado es el peor mal que nos aqueja. “Tus pecados te son perdonados”, le dice al paralítico que le presentan unos amigos para que le cure la parálisis. Primero el alma, después el cuerpo. El milagro grande no fue que le curase la parálisis sino que lo liberó de las ataduras del pecado. Por eso los fariseos se escandalizaron, porque sabían muy bien que eso sólo lo podía hacer Dios, un Dios misericordioso capaz de perdonar.
A San Bernardo, el Señor le hace ver esta maravilla de la misericordia de su corazón. Este gran santo era muy generoso, ofrecía al Señor todo lo que tenía, se ofrecía a sí mismo. En una ocasión oyó al Señor que le decía interiormente: “todavía te falta algo que entregarme, entrégame tus pecados”. Así arderían en el fuego del corazón del Señor y no existirían más. Son las “benditas faltas”, de las que habla el mismo santo, benditas porque nos pueden hacer más humildes y ligeros para volar.
Me levantaré e iré a mi Padre
En estos días en que vamos a sacar por las calles de nuestros pueblos las imágenes de Jesús, que nos muestran las huellas del dolor y el sufrimiento causadas por nuestras ofensas y pecados, debemos evitar que este acontecimiento se convierta en una fiesta pagana. Por el contrario, estas imágenes nos han de llevar a la compasión y al dolor de nuestras culpas y a ver con más claridad el verdadero significado de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
En Semana Santa recordamos los acontecimientos que tuvieron lugar para que pudiéramos ser liberados de la esclavitud de nuestras faltas. Los sufrimientos de Jesús, que muestran nuestras imágenes procesionando por nuestras calles, fueron necesarios para llevar a cabo nuestro rescate. Los méritos conseguidos con estos dolores y sufrimientos voluntarios se nos aplican en el momento de la confesión, produciéndose el efecto inmediato de la cancelación de nuestras culpas.
Si reconocemos que todo ese dolor y sufrimiento ha sido por nosotros y aceptamos el acto de la confesión, así tendrá sentido para nosotros todos los sufrimientos padecidos por Nuestro Señor Jesucristo
Una vez más, con la conmemoración de la Muerte del Señor en la Cruz, se nos presenta la ocasión de demostrarle que valió la pena todo su sufrimiento por nosotros y que estamos dispuestos a reconocer nuestros errores.
Para algunos se tratará de recuperar una práctica que abandonamos por pereza o por respetos humanos, para otros consistirá en iniciarse en una de las prácticas más esenciales de un cristiano responsable con su fe. Y para todos será una manifestación y correspondencia con Quien tanto amor ha derrochado por nosotros.
Manuel Caballero Chavero
En el Catecismo de la Iglesia Católica se nos enseña que Dios nos pide, como mínimo, confesar una vez al año, a ser posible por “Pascua de Resurrección”. Aunque últimamente se nos recuerda poco esta norma de práctica cristiana, sigue estando vigente y, lo más importante, sigue siendo necesaria. Pero para confesarse es necesario estar dispuesto a humillarse, a reconocer nuestros errores, torpezas y miserias. Y aquí está su dificultad, porque para ello es necesario vencer previamente el orgullo y el amor propio, que son los mayores obstáculos que encontramos cuando nuestra conciencia nos empuja a reconocer nuestras culpas. Por eso la confesión se convierte en un acto de valentía y decisión que obtiene su recompensa en la sensación de bienestar y alegría con que uno sale de la misma. No en vano se le llama el sacramento de la alegría, en el cual, como premio a esa actitud de humildad y reconocimiento de nuestras faltas ante Dios, la misericordia divina se derrama sobre el penitente abundantemente.
Rico en misericordia
En el libro sobre La Divina Misericordia, de Santa Faustina Kowalska, el Señor le indica: “Escribe de mi Misericordia. Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. Para obtener este milagro no hay que hacer una peregrinación lejana ni celebrar algunos ritos exteriores, sino que basta acercarse con fe a los pies de Mi representante y confesarle con fe su miseria, y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud…”
Y en otro pasaje del mismo libro, la Santa recoge el siguiente diálogo con Jesús: “Señor, temo que no me perdones un número tan grande de pecados; mi miseria me llena de temor”. Jesús le contesta: “Mi misericordia es más grande que tu miseria y la del mundo entero ¿Quién ha medido Mi bondad? Por ti bajé del cielo a la tierra, por ti dejé clavarme en la cruz, por ti permití que Mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, y abrí la Fuente de la Misericordia para ti. Ven y toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás rechazaré un corazón arrepentido, tu miseria se ha hundido en el abismo de Mi misericordia”.
Como el hijo pródigo
No cabe duda de que nuestro Dios es un Padre que, como cualquier padre, disfruta perdonando a sus hijos que acuden a Él pidiendo disculpas. Le gusta hacer las paces. Espera pacientemente nuestro regreso a casa para abrazarnos, como ocurre en el relato de la parábola del hijo pródigo: “el padre esperaba día tras día la vuelta del hijo. Cuando lo vio venir corrió a su encuentro y abrazándolo lo levantó del suelo y lo introdujo en casa, le puso los mejores vestidos y organizó una gran fiesta para celebrar su vuelta. Ni un reproche, ni una regañina por la falta cometida”.
Y es que Dios desea vivamente que le contemos y le entreguemos todas nuestras cosas, también nuestras miserias, para destruirlas, arrojarlas al fondo del mar y olvidarse de ellas. Él las olvida antes que nosotros.
A Jesús le agrada perdonarnos los pecados, porque con ello nos cura y nos devuelve la vida de la gracia, es decir, la vida eterna. Por eso siente compasión del pecador, sabe que el pecado es el peor mal que nos aqueja. “Tus pecados te son perdonados”, le dice al paralítico que le presentan unos amigos para que le cure la parálisis. Primero el alma, después el cuerpo. El milagro grande no fue que le curase la parálisis sino que lo liberó de las ataduras del pecado. Por eso los fariseos se escandalizaron, porque sabían muy bien que eso sólo lo podía hacer Dios, un Dios misericordioso capaz de perdonar.
A San Bernardo, el Señor le hace ver esta maravilla de la misericordia de su corazón. Este gran santo era muy generoso, ofrecía al Señor todo lo que tenía, se ofrecía a sí mismo. En una ocasión oyó al Señor que le decía interiormente: “todavía te falta algo que entregarme, entrégame tus pecados”. Así arderían en el fuego del corazón del Señor y no existirían más. Son las “benditas faltas”, de las que habla el mismo santo, benditas porque nos pueden hacer más humildes y ligeros para volar.
Me levantaré e iré a mi Padre
En estos días en que vamos a sacar por las calles de nuestros pueblos las imágenes de Jesús, que nos muestran las huellas del dolor y el sufrimiento causadas por nuestras ofensas y pecados, debemos evitar que este acontecimiento se convierta en una fiesta pagana. Por el contrario, estas imágenes nos han de llevar a la compasión y al dolor de nuestras culpas y a ver con más claridad el verdadero significado de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
En Semana Santa recordamos los acontecimientos que tuvieron lugar para que pudiéramos ser liberados de la esclavitud de nuestras faltas. Los sufrimientos de Jesús, que muestran nuestras imágenes procesionando por nuestras calles, fueron necesarios para llevar a cabo nuestro rescate. Los méritos conseguidos con estos dolores y sufrimientos voluntarios se nos aplican en el momento de la confesión, produciéndose el efecto inmediato de la cancelación de nuestras culpas.
Si reconocemos que todo ese dolor y sufrimiento ha sido por nosotros y aceptamos el acto de la confesión, así tendrá sentido para nosotros todos los sufrimientos padecidos por Nuestro Señor Jesucristo
Una vez más, con la conmemoración de la Muerte del Señor en la Cruz, se nos presenta la ocasión de demostrarle que valió la pena todo su sufrimiento por nosotros y que estamos dispuestos a reconocer nuestros errores.
Para algunos se tratará de recuperar una práctica que abandonamos por pereza o por respetos humanos, para otros consistirá en iniciarse en una de las prácticas más esenciales de un cristiano responsable con su fe. Y para todos será una manifestación y correspondencia con Quien tanto amor ha derrochado por nosotros.
Manuel Caballero Chavero
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